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Reescribiendo La Historia: Hojas De Higuera, Stalin y Sexo en Nueva York

Updated: Jan 31, 2021

¿Qué tienen en común una higuera, Stalin y la serie Sexo en Nueva York? Los tres están relacionados con la cultura de la cancelación. En este post viajamos al pasado para explorar formas de editar y eliminar la historia, incluso antes de que cancelar fuera la moda.

Un pequeño aviso: este post no es un análisis extensivo de la cultura de cancelación porque no tengo espacio aquí para escribiros una Suma Teológica en 10 volúmenes. Decidí centrarme en las consecuencias de retirar películas, series, fotografías, arte y otros productos culturales basándose exclusivamente en su contenido.


MIERDA


Hace un tiempo, en aquellos días en los que aún acudíamos al trabajo, estaba hablando con una compañera sobre nuestra adolescencia. Le dije que empecé a escribir historias cortas a los doce años, pero que lo que escribía era una mierda. Por lo que sea, aquel día tenía la palabra “mierda” en la punta de la lengua, y la repetía y repetía mientras que mi compañera, muy amable, aventuraba que seguro que mis historias no eran tan malas. Aún así yo no podía parar de decir que eran una mierda. Mis esfuerzos de una vida por desarrollar un vocabulario rico y elegante se vieron truncados aquel día.


Pensando en esa conversación unos días después, una idea me vino a la mente: ¿Me había estado cancelando a mí misma en cierto modo? La verdad es que el tema de la cultura de cancelación lleva en mi mente unos meses, y no es un secreto para nadie que soy una pensadora obsesiva: Yo me subo al carro con un tema durante un mes, y ese mes toda mi vida gira en torno a ello. Todo lo que leo, lo que veo y las cosas que me pasan, todo lo relaciono con ese tema. Mis amigos aún se ríen cuando recuerdan el mes que me dio por investigar Herbalife.


Una de mis obsesiones más recientes es la cultura de cancelación, no solo porque es difícil dar un paso sin encontrarte un artículo sobre el tema, sino porque entiendo muy bien a los dos bandos y de donde vienen sus argumentos. Esto último hace que me cueste posicionarme, y alimenta mi fascinación.

Volviendo al tema de escribir; cuando era adolescente, me costaba toda mi fuerza de voluntad no eliminar lo que escribía. De hecho, empecé a escribir en blogs porque una vez publicado online, no me daban ganas de eliminarlo. Si no lo publicaba, acababa releyéndolo unos días después, pensaba “Qué horror” y lo eliminaba. Y por eso, incluso a día de hoy tengo el reflejo de decir que los textos eran una mierda. Y la verdad, me encantaría tenerlos.


Y como el tema de la cancelación ya rondaba por mi mente, no podría evitar preguntarme que si alguna vez también nos arrepentiríamos de tirar estatuas o de quitar películas o series de televisión. Entiendo las razones por las que esto se hace, y no creo que esas razones nunca vayan a dejar de ser válidas. Pero también me repele la rapidez con la que algunos se desharían de nuestro patrimonio cultural, igual es deformación profesional. Así que esto va de repasar un par de precedentes históricos en cuanto a la cancelación, y otro un poco más moderno, y a ver qué podemos aprender de ellos.


LAS HOJAS DE HIGUERA


Eliminar y editar no es algo nuevo que ha venido con los ordenadores. En la historia, hacer diferentes versiones de lo que pasó es bastante común. Esto se debe a que la institución o persona que ostenta el poder no solo quiere tener el control, también necesita controlar la narrativa para escribir su propia versión de la realidad. La historia la escriben los ganadores. Eso vale no solo para describir ejemplos de cancelación histórica, sino también para explicar la forma en la que cuidamos nuestra apariencia en las redes sociales, proyectando al mundo nuestro mejor yo, aunque no sea el más real. Al final del día, los guapos lo tienen más fácil.


En el siglo XVI, la Reforma Protestante estaba en pleno apogeo. Los protestantes criticaban los excesos de la Iglesia Católica, diciendo que los curas eran ostentosos, incultos y que en general no eran un modelo para sus parroquianos. La Contrarreforma y el Concilio de Trento fueron acciones tomadas por la Iglesia Católica como reacción ante estas críticas y para intentar darle un lavado de cara a su imagen. ¿Qué decidieron hacer? Pues cortar unos penes, por supuesto.

Hoja de Higuera del David (V&A)

Una de las medidas tomadas después del Concilio de Trento fue subsanar el desnudo en el arte. Con esto me refiero sobre todo a las esculturas de hombres desnudos típicas de la Grecia y Roma clásicas que representan la belleza ideal del cuerpo humano, Ahora, en el siglo XVI, la Iglesia decía que estas esculturas eran profanas y moralmente inaceptables.


La desnudez de estas esculturas era, para la Iglesia Católica, una oda a los placeres de la carne, así que decidieron cubrirlas. Esto significaba usar una hoja de higuera. Las hojas de higuera tienen un significado simbólico, son lo que Adán y Eva usaron para cubrir su desnudez después de haber comido la manzana.

Para evitar la inmoralidad, algunos de los penes de las estatuas se cortaban, y se fabricaban hojas de higuera del mismo material para cubrir la ofensiva zona. Imagina cuantas estatuas desnudas había disponibles para mutilación en la Roma de 1550. Recuerdo un pasaje de uno de los libros de Dan Brown en el que el protagonista Robert Langdon caminaba por el Vaticano preguntándose si habría en algún rincón escondido una caja llena de penes de mármol. Casi merece la pena tener que llevar el horrible uniforme de la Guardia Suiza si así podemos descubrir donde está esa caja. Casi.


Mi anécdota preferida con las hojas de higuera sucedió bastante más tarde, en 1857. A Victoria, la reina de Inglaterra, le habían regalado una réplica del David de Miguel Ángel, que ella inmediatamente donó al museo Victoria and Albert. Se dice que cuando la reina Victoria vio la estatua se quedó tan afectada que inmediatamente se encargó una hoja de higuera para cubrir los genitales del David. No es difícil imaginar a la reina agarrándose a sus perlas en horror, especialmente porque la escala de la estatua es tan grande que la hoja de higuera terminó midiendo medio metro.


STALIN Y EL PHOTOSHOP


El soviético Joseph Stalin ya conocía en los años 30 el poder de la imagen, bastante antes de que las redes sociales dominasen nuestras vidas. Tenía un equipo de censores que se encargaban de retocar las imágenes, antes de que existiese Photoshop.


Por ejemplo, imagínate que eres un miembro del Partido Comunista. Tú vas por la vida tan tranquilo con tus ideas socialistas, y se da la casualidad de que te hacen una foto con Stalin. Un día, haces algo que a Stalin no le gusta y te acusan de disidente, has de ser eliminado. No problemo, aparte de ser perseguido y neutralizado, después de tu muerte también te sacan de la foto. Tus quince minutos de fama se han acabado, porque nadie puede enterarse que Stalin alguna vez te dedicó un minuto de su tiempo. Stalin sospechaba de tanta gente que los censores oficiales del partido tenían que editar las fotos una y otra vez según la lista actual de amigos y enemigos del partido.

Casi salía más a cuenta fotografiar a Stalin solo

Stalin también quería salir mono en las fotos, así que sus subordinados editaban las imágenes para hacerle parecer más joven, con más pelo y tez uniforme. Supongo que “mono” no es una traducción exacta de lo que buscaban en la Unión Soviética en los años 30. Digamos que Stalin quería ser retratado como la imagen del vigor y la juventud, para trasmitir una idea de fuerza y poder.


Nada que envidiar al Photoshop

Pero también pedía que le quitasen las marcas de viruela, así que tampoco está muy alejado de lo que hacemos hoy en día con los filtros de Snapchat.

Stalin si le retocasen hoy

Manipular información y crear una narrativa de poder fue una de las referencias de los regímenes totalitarios del pasado siglo. El fascismo fascinante, como lo llamaba Susan Sontag, no se trataba únicamente de editar imágenes: fue una de las campañas de marketing más impresionantes de la historia.


Una no puede evitar compararlo con la archiconocida novela de Orwell 1984. En el mundo del Gran Hermano Winston Smith trabaja para el Ministerio de la Verdad, reescribiendo las noticias de los periódicos. Hay tres superpotencias, y al principio de la novela están en guerra con Eurasia. Cuando sin aviso el enemigo pasa a ser Eastasia, no se habla del cambio. En el mundo en el que viven, si ahora están en guerra con Eastasia, siempre han estado en guerra con Eastasia. Cuando el enemigo cambia, todos los periódicos ya publicados han de ser reescritos, y Winston es llamado al trabajo.


Para el Gran Hermano es potencialmente peligroso admitir el cambio de enemigo, podría ser interpretado como una fisura en el partido todopoderoso. Un cambio de opinión podría ser percibido como un signo de flaqueza. En el totalitarismo, toda oportunidad para el pensamiento crítico ha de ser eliminada.


Nosotros no estamos en la Rusia soviética, y sin embargo, parece que hoy en día es igual de difícil para algunos admitir un error o cambiar de opinión. La verdad, es más fácil eliminar lo ofensivo antes que afrontarlo, porque afrontarlo significa coger un espejo y saber que no te va a gustar lo que vas a ver. Y sin embargo, cambiar es bueno. El cambio es señal de crecimiento, de madurez, significa que estamos mejorando. En este sentido, mirar a los errores del pasado es una experiencia educativa: nos informa de cuanto hemos mejorado y nos hace notar cuanto más nos queda por aprender.


SEXO EN NUEVA YORK


La misma crítica se puede aplicar en un escenario contemporáneo. La mayor diferencia entre cancelar en el pasado y cancelar a día de hoy es quién toma las decisiones. En el pasado era la Iglesia, el monarca o el partido político, y esas decisiones se llamaban censura. Hoy viene de las masas, cualquier persona con un móvil y acceso a internet. Se le llama cultura de la cancelación. Lo bueno es que juntos los usuarios pueden condenar al ostracismo a personas muy poderosas que usaban su poder para el mal. Lo malo es que no hay un baremo para definir el mal.


Un ejemplo de esto podría ser Sexo en Nueva York. La conocida serie de HBO estuvo en activo de 1998 a 2004, justo antes de que el feminismo se convirtiese en un tema tan cotidiano que incluso tu cuñado lo saca a discutir en la sobremesa. La serie ha recibido duras críticas en los últimos años porque aunque solía ser considerada una serie feminista que apoyaba el empoderamiento de la mujer, hoy se la considera todo lo contrario.


El amigo gay es de relleno

SATC (Sex and the City) apenas pasa el test de Bechdel, y aunque se supone que la serie nos enseña que la amistad es más importante que las relaciones de pareja, las acciones de los personajes no lo demuestran. Casi todo lo que hacen o dicen gira alrededor de los hombres, y al final de la serie ninguna termina soltera, dando la idea de que la vida en pareja era en realidad la meta, en vez de el ser feliz con tu soltería.


Pero eso no es lo peor. Para ser una serie centrada en el sexo y la sexualidad, SATC trata nefastamente a la comunidad LGBTQ+. La bisexualidad es, según Carrie, “una parada en el trayecto a homocity” En uno de los episodios Carrie se niega a salir con un hombre bisexual, y se sorprende cuando él declara abiertamente su sexualidad (Carrie tiene una columna sobre sexo, ¿Por qué se pregunta si la bisexualidad existe?). La gente trans no está mejor representada. La única ocasión en la que aparecen personas trans en la serie son retratadas como prostitutas ignorantes, brutas y molestas que hacen demasiado ruido al mudarse Samantha a su vecindario. Del mismo modo, cualquier persona de una raza que no sea blanca en la serie es o figurante, o personaje secundario, o está ahí para perpetuar un cliché, como el amante negro hipersexualizado, la latina pasional o la sirvienta filipina. Todos los personajes que importan son blancos.


Y es importante decir estas cosas, porque cuanto más pensemos sobre la mala representación de ciertos personajes, más conscientes seremos de el trabajo que tenemos por delante en términos de inclusión y diversidad en la pantalla. Sexo en Nueva York, de nuevo, nos demuestra que la historia la escriben los ganadores. Por aquel entonces, la gente no se daba apenas cuenta de que estaban transmitiendo este tipo de mensajes, o el impacto que esto podría tener en los espectadores. Lo bueno es que ahora que lo sabemos, las siguientes generaciones crecerán con mensajes mejores.


Entonces Sexo en Nueva York no ha pasado el examen del tiempo. ¿Merece que la cancelemos, que la ignoremos y que la odiemos? No. Porque aún mantiene el valor de lo que hizo por su época. Abrió el camino a más series con protagonistas femeninas, y mostró a la mujer hablando abiertamente de sexo por primera vez, desde sus propias perspectivas y contando situaciones incómodas. Es más fácil para la generación Z olvidarse que Sexo en Nueva York mostraba a mujeres asumiendo el poder de su sexualidad porque a día de hoy eso ya no es novedoso. SATC contribuyó a la normalización de la promiscuidad femenina. Antes de la serie solo el 42% de los americanos creían que el sexo antes del matrimonio no era inmoral. Después de la serie este número aumentó en un 16%. Por eso es importante escribir historias que consideren la diversidad y aceptación. Cuando estas narrativas salen a la luz, son un primer paso hacia la normalización. La ficción se mezcla con la realidad, y esto lo sabe hasta Stalin.


Así que no dejemos nunca de mirar nuestros errores. No hay que eliminar el pasado para caminar hacia delante porque mirar al pasado es lo que nos ayudará. El pasado nos hará avergonzarnos hasta que nos convirtamos en lo que deberíamos ser: versiones mejoradas de nosotros mismos.


Referencias





Imágenes


David King/Kontact-Kultura Press, 2012

History.com

Designweek.co.uk

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